La belleza de construir arquitectura. 5 de octubre, día mundial de la arquitectura

Hay arquitecturas que recordamos por un edificio entero y otras que permanecen en nosotros por apenas unos centímetros.

Un encuentro entre dos materiales. Una junta que decide no desaparecer. Una sombra cuidadosamente provocada. La forma en que una pieza se separa de otra antes de tocarla.

En la arquitectura de Carlo Scarpa, él hizo de esos centímetros su arquitectura. Sus obras nos recuerdan que construir no consiste únicamente en materializar una forma, sino en decidir cómo se encuentran las cosas. Que hay belleza en una esquina, en un borde, en una transición y hasta en el espacio diminuto que deliberadamente dejamos entre dos materiales.

Peter Zumthor nos ha hablado, desde otro lugar, de las atmósferas. De aquello que hace que un espacio nos afecte antes incluso de que sepamos explicar por qué. La luz, el sonido, la temperatura, la textura, la escala, el peso de los materiales.

Quizá por eso resulte comprensible que, cuando hablamos de industrialización, aparezca cierto temor a perder algo por el camino.

¿Dónde queda todo eso cuando empezamos a hablar de procesos, fabricación, tolerancias, componentes, estandarización o líneas de producción?

Exactamente dónde estaba.

En la arquitectura.

Porque industrializar la construcción no debería significar industrializar la arquitectura.

La construcción industrializada es una herramienta. Una extraordinariamente potente, pero una herramienta, al fin y al cabo. No sustituye la mirada del arquitecto, del mismo modo que el BIM no sustituyó al proyecto ni el CAD sustituyó al dibujo. Tampoco elimina el conocimiento del arquitecto técnico, el oficio del instalador o la experiencia de quien finalmente ejecuta la obra. Lo que puede hacer es conseguir que todo ese conocimiento se encuentre antes.

Durante demasiado tiempo hemos aceptado que una parte importante de la construcción termine de pensarse mientras se construye. La obra posee un conocimiento imprescindible y siempre lo tendrá, pero muchas de las decisiones que allí se toman podrían haber sido formuladas antes: un encuentro, una interferencia entre instalaciones, una tolerancia, una secuencia de montaje, un acceso imposible o una solución que sobre el plano parecía sencilla y que deja de serlo cuando llega el momento de ejecutarla.

Industrializar significa, entre otras muchas cosas, desplazar esas preguntas hacia el proyecto.

Pensar antes de fabricar. Fabricar antes de montar. Comprobar antes de entregar.

Y eso no resta arquitectura. Puede ayudar a protegerla.

Un detalle cuidadosamente concebido no es menos bello porque haya sido estudiado para poder fabricarse con precisión. Una junta no pierde intención porque su tolerancia haya sido prevista. Un espacio no deja de tener atmósfera porque parte de sus componentes hayan llegado terminados desde una fábrica.

Scarpa no necesitaba que sus detalles fueran improvisados para que fueran extraordinarios. Necesitaba que fueran pensados.

Quizá ahí exista un punto de encuentro mucho más profundo entre arquitectura e industrialización de lo que inicialmente parece.

La buena industrialización, como la buena arquitectura, obliga a pensar en el material, en el encuentro, en el orden, en la secuencia y en el detalle. Obliga a preguntarse no solo qué queremos construir, sino cómo va a construirse.

Y en ese proceso tampoco desaparece el oficio. Se transforma en conocimiento compartido.

La experiencia del arquitecto, el buen hacer del arquitecto técnico, el conocimiento de ingenierías, fabricantes, instaladores y contratistas pueden incorporarse antes a la toma de decisiones. Un problema detectado durante la ejecución deja entonces de ser únicamente una solución brillante de una persona en una obra concreta: puede analizarse, tecnificarse y convertirse en conocimiento para la siguiente.

Se cierra así, de alguna manera, el círculo de la profesionalidad.

No porque antes faltasen buenos profesionales, sino porque conseguimos que el conocimiento de todos ellos acompañe al edificio desde mucho antes de que comience a construirse.

Y quizá ese sea uno de los retos más interesantes que tenemos por delante.

No elegir entre arquitectura e industria.

No elegir entre belleza y precisión.

No elegir entre autoría y proceso.

Sino conseguir que la industria sea capaz de ponerse al servicio de la arquitectura y que la arquitectura incorpore, desde su origen, la inteligencia de cómo va a ser construida.

Porque podemos fabricar mejor, coordinar mejor, controlar mejor y construir de una manera más fluida.

Pero al final seguimos persiguiendo exactamente lo mismo que siempre: HACER BUENA ARQUITECTURA.

 

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